jueves, 20 de octubre de 2011

"Cómo acabar con tu jefe", comedia negra a medio gas

Cómo acabar con tu jefe, para desgracia de empleados y beneficio de empleadores, no es un manual sobre cómo deshacerse de esos engorrosos, chillones, injustos y autoritarios jefes. Y sí, en cambio, una comedia semi-negra, sobre hasta dónde son capaces de llegar tres trabajadores modelo para conseguir que su vida sea un poco más placentera.

Su director, Seth Gordon, ha querido plasmar en este, su segundo largo de ficción –debutó con Como en casa en ningún sitio– las duras vivencias de tres amigos acuciados por el mismo problema: sus tiránicos y extravagantes jefes. Con un guión firmado por Michael Markowitz, John Francis Daley y Jonathan Goldstein –estos dos últimos protagonista y guionista respectivamente de la serie Bones– la historia oscila entre una comedia negra y el slapstick absurdo, sin llegar a ser ninguna de los dos. Y sin conseguir el grado de redondez de comedias recientes como La boda de mi mejor amiga, Cómo acabar con tu jefe contiene algunos gags ocurrentes y una buena elaboración de diálogos, algo que aplicado a un grupo de actores dotados para la comedia se convierte en una película con más aciertos que errores.

Destaca por encima del resto la solidez del personaje de Kevin Spacey, apuntada desde la primera secuencia y que, aún sin un remate brillante, sostiene buena parte de la historia. Por supuesto Jennifer Aniston, cuya vis para el género ha quedado ya sobradamente demostrada en las diez temporadas de la genial Friends; y con dos descubrimientos: el de un transformado Colin Farell y el de un Jaime Foxx extraordinaria y singularmente dotado para la comedia con una simple mirada. Menos espectacular pero igual de efectivo el trabajo de Jason Bateman, Jason Sudeikis y Charlie Day, a la sazón, los tres protagonistas “buenos”. Ellos y sus diálogos, hacen de este trabajo una película menos negra de lo que se merecía pero sumamente entretenida.

"Con derecho a roce", follamigos previsibles

La mayoría de las comedias románticas americanas recientes padecen una grave enfermedad, tal vez una epidemia, que consiste en que, sabiendo cuál va a ser su final –felices para siempre–, ni siquiera se molestan en presentarnos un cómo, es decir un relato que ofrezca algo más allá de las previsibles secuencias de buen rollo, visita familiar, comidas con porqués y visitas a las azoteas.

Quienes se atrevan a acercarse hasta Con derecho a roce se van a encontrar con una buena dosis de estas predecibles secuencias. La única originalidad (resulta casi un atrevimiento llamarle así) consiste en un acercamiento –verbal, nunca físico, ya que en la cinta no se enseña ni un pezón– descriptivo de los gustos sexuales de sus protagonistas.

Las carencias de Con derecho a roce tienen que ver con una ausencia prácticamente absoluta de tramas secundarias capaces de enriquecer la historia o, como mínimo, que descarguen el peso de la principal –la relación entre los dos amigos y su final como pareja o no pareja– y contribuyan de ese modo a mejorar el ritmo de la película.

Creen, productores y guionistas, que la suya es una actualización de Cuando Harry encontró a Sally. El problema es que su historia comienza con un polvo, lo que en el caso de ésta última no sucedía hasta más allá de mitad de la película. Por no mencionar la originalidad de los personajes, de sus singulares diálogos y de dos actores, Billy Cristal y Meg Ryan, en su mejor momento. Un cóctel que nos permite asegurar que la comedia de Rob Reiner es una de las comedias románticas más brillantes que ha parido el cine de Hollywood desde los ochenta hasta hoy en día.

En la que nos ocupa, el peso, diríamos casi total, lo sostiene ese gran descubrimiento que se llama Mila Kunis, un raro y escaso ejemplo de belleza especialmente dotada para la comedia que consigue encandilarnos durante algunas escenas. Mientras eso ocurre, en el otro lado nos encontramos con un Justin Timberlake anodino que se dedica a desplegar su amplio –y ridículo– abanico de monerias musicales que el director, Will Gluck, debería habernos ahorrado. Ni Patricia Clarkson ni Woody Harrelson tienen apenas espacio para desarrollar sus respectivas cualidades en una comedia al uso, superficial y olvidable a los cinco minutos de haberla visto.

jueves, 6 de octubre de 2011

"La deuda", brillante thriller de espías

La deuda es la adaptación de uno de los éxitos del cine israelí de 2007, titulada originalmente Ha-Hov, escrita y producida por Assaf Bernstein e Ido Rosemblum, recoge una historia real sucedida entre 1965-66, cuando un equipo de tres agenes del Mossad perpetraron el secuestro de un famoso criminal nazi conocido como el “Cirujano de Birkenau”, para, posteriormente, ser juzgado en Israel.

Con la intención de dotar de mayor entidad e incluir más acción en la historia el director, John Madden, y el guionista, Peter Straughan, han optado por reconstruir con mayor detalle y profundidad el pasado de los protagonistas. El resultado es un thriller de espías realizado con una gran brillantez, heredero del Munich de Spielberg, y centrado en la huella que deja en la vida de los tres protagonistas la culpa y el arrepentimiento por una antigua misión.

Relatada sin maniqueísmos y apelando a la fuerza de la propia historia –gracias a unos personajes perfectamente definidos tanto en su pasado como en la del presente– La Deuda es uno de esos escasos ejemplos de cine inteligente que últimamente Hollywood ofrece con cuentagotas. Se agradece que los productores, aún considerando el pasado como elemento fundamental en la historia, no hayan optado por un sofisticado montaje plagado de efectos especiales, persecuciones y peleas al que tan acostumbrados estamos en los thrillers de género. En su lugar nos ofrecen una excelente batalla psicológica entre los captores y su presa, una reconstrucción fiel de los hechos, saltando del presente al pasado sin que el ritmo o la narración se resientan. Buena noticia esta presencia en nuestra cartelera que se une, sin quererlo, a El Caso Farewell –más fría, más histórica pero menos intrigante– protagonizada por Emir Kusturica y Guillaume Canet.

La estructura y la realización son también el decorado perfecto en el que se mueven con enorme soltura actores con tanta profesionalidad como Helen Mirren o Tom Wilkinson. Mérito que comparten con Jesper Christensen, Jessica Chastain –a la que pronto veremos en El árbol de la vida– y Marton Csokas, menos famosos pero cuyo trabajo merece igual consideración.

lunes, 3 de octubre de 2011

"Stella", ternura e inocencia perdidas

En ocasiones, la cartelera nos brinda ciertas casualidades, como por ejemplo que en la misma semana se estrenen Mammuth y Stella sendas películas protagonizadas respectivamente por padre e hijo. Con el añadido de que en los créditos de Mammuth el padre y protagonista, Gerard Depardieu, le ha dedicado la película a su hijo, Guillaume Depardieu. Justamente el año de su muerte a causa de una neumonía –octubre de 2008, a sus 37 años– el actor consiguió aunar el estreno de casi diez películas, nivel laboral sólo comparable al de su padre durante los años 70. En Stella, aunque menos protagonista, su trabajo es igualmente emotivo.

La presencia del enfant terrible, sumido y aprisionado casi hasta sus últimos días por el peso –enorme– de su padre, hace más emocionante disfrutar de una película que, al margen de su bienitencionda historia de aprendizaje sexual pre-adolescente y de su encomiable gusto musical, congrega pocos alicientes más.

Y es que Stella presume relatar la vida de una niña singular –vive con sus padres, dueños de un bar-café-salón de juego y baile por el que pululan un puñado de excéntricos personajes–, decidida, valiente y con una gran capacidad para comprender el mundo, pero que debe enfrentarse a un nuevo curso en una escuela secundaria para niños ricos justo en el momento en que su cuerpo transmite señales de una sexualidad incipiente. Contada desde el punto de vista de sus protagonista –una pequeña parte del relato la pone ,voz en off, la propia Stella–, su directora y guionista, Sylvie Verheyde, apuesta por la cámara al hombre en muchas ocasiones para acercarse hasta la vida cotidiana de su protagonista, momentos dotados de una belleza cándida con los que consigue un alto grado de empatía pero que en la que ni la historia, ni los personajes, avanzan por sí solos.

Con el recuerdo siempre presente de la vitalista Leolo del, también desaparecido, canadiense Jean-Claude Lauzon, Stella rememora de forma brillante el final de los setenta a través de su estética retro y sobre todo de la maravillosa e inigualable máquina de discos de bar, con la que los protagonistas disfrutan de éxitos de cantantes como Sheila, Gérard Lenorman, Vince Taylor, Eddy Mitchell o Umberto Tozzi.

Emoción, música y exquisita banda sonora para una película sin pretensiones, magníficamente interpretada y en la que destacan, por encima del resto, su protagonista, Leóra Barbara y el ya mencionado Guillaume Depardieu.

domingo, 2 de octubre de 2011

"Mammuth", un áspero Depardieu

Co-escrita y co-dirigida por Benoît Delépine y Gustave de Kevern –el primero director de la versión francesa de los guiñoles, el segundo actor y cómico, ambos creadores del programa de humor Groland Magzine–, Mammuth representa el sentido tragicómico aplicado a la vida de un obrero de clase baja que un día se encuentra de bruces con que su jubilación pende de un hilo si no es capaz de justificar todos sus años de trabajo. Para ello, Serge, el protagonista, emprenderá un viaje a lomos de su vieja motocicleta Mammoth, –la misma que valió su apodo de Mamut– que le servirá a modo de catarsis, para recuperar una parte de su pasado, entre el que se encuentra el recuerdo de su primer amor, Yasmine, a la que perdió cuando era joven en un accidente.

Mammuth parece una película construida casi expresamente para lucimiento de Gerard Depardieu, pero la realidad es que está historia esconde mucho más de lo que se aprecia en su superficie. De entrada ese viaje al pasado de su protagonista se nos presenta como una recuperación de la vida, de todas esas cosas que realmente importan. La película, concebida con tantos medios como pretensiones y con cierto toque de aspereza en forma y contenidos, intenta ser un canto a la vida para aquellas personas que una vez alcanzada la edad de jubilación, parecen destinadas al más absoluto de los olvidos.

Además de la sencillez con la que Delépine y De Kevern plantean la historia y su estilo fotográficamente tosco y saturado cual polaroid, hay un factor que ayuda a conseguir una gran credibilidad: un cásting encabezado por un Depardieu inmenso, en toda su literalidad, acompañado por la belleza –casi sugerida debido a la brevedad de su papel– de Isabel Adjani. Pero también con la presencia de Yolanda Moureau y esa singular poeta urbana llamada Miss Ming con la que los cineastas se cruzaron cuando preparaban su primera película, Avida, y que se ha convertido ya en habitual de casi todos sus trabajos.

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